Gratuidad para ti

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El otro día tuve el sueño más hermoso que he tenido en años.

Un pequeño preámbulo. En Octubre de este año (2018) mi esposa y yo cumplimos 10 años de casados. Tenemos 3 hijas, una de 7 otra de 4 y la bebé de 2. 

Cuando la familia crece todos los componentes de la vida se expanden para todos lados, todo se multiplica: el amor, las atenciones, los momentos maravillosos, las cuentas, los cuidados, las piñatas, etc., pero se disfruta a mansalva.

Con motivo de todo ello, los momentos de reflexión se acotan porque parece que siempre estamos en vigilia cuidando que cada cosa esté en su lugar.

Y así se van los días disfrutándolos y a la vez echándole ganas para sacarlos adelante.

Pero recuerdo mucho que a mi compadre del alma le comenté en alguna ocasión que los años de novios, así como los primeros años de casados (sin hijos) nos daban la oportunidad de crear un vínculo muy fuerte con la pareja; una base de amor para amortiguar los años venideros y sus compromisos. No falta el baquetón que estas cuestiones poco le importan pero lo bonito de la vida es que da para todos, para quienes la vida es un sí y para quienes la vida es un no.

Sin embargo, a veces como que nos llega un “flashazo”, y en un instante nos detenemos y recordamos los porqués del camino en el que andamos. En mi caso en particular ese sueño me transportó al origen.

En mi sueño iba camino a recoger a mi esposa a casa de sus papás, pero me di cuenta que era un sueño porque ¡ella vive conmigo! Como iba a pie, más me convencí que era un sueño porque y ¿donde está mi carro? Cuando volteo hacia atrás en mi camino caigo en cuenta que voy saliendo de casa de mis papás, ¡pero cómo es eso posible si ya tengo más de doce años que no vivo ahí! Y además, ¿dónde están mis hijas? No escuché a ninguna personita llorando o pidiendo ir a la tienda por un chuchuluco. ¡Esto es un sueño! Y además, cuando toco la puerta de la casa de mi novia me abre mi mujer pero con 10 años menos… “Benito que te necesito” 😀

Sentí un aire de libertad, pero más que eso, sentí como un nuevo despertar donde las posibilidades son infinitas porque el futuro que ahora vivo, en ese sueño faltaba recorrerlo.

Hay una película muy padre donde el personaje que interpreta Nicholas Cage sueña con una vida alterna a la que ha llevado siendo un hombre exitoso en Nueva York, pero solo y sin familia. Y se convence a si mismo en ese sueño de que puede ser un gran padre de familia, si tan solo se hubiera casado con su novia y no se hubiera ido a Londres a un curso/interinato en bolsa de valores.

En su sueño busca cómo recuperar su vida real donde es un gran gestor de inversiones, pero ahora con la hermosa familia que tiene con la novia que nunca se casó, porque como se sabe competente de lo que conoce y puede lograr, incorporar a su “realidad onírica” su éxito financiero sólo redundaría en beneficios para su familia.

Cuando despierta de su sueño, se encuentra de nuevo en la cima, aunque solo, pero sale en búsqueda de la novia que dejó para convencerla de que pueden lograr lo que soñó.

Volviendo a mi sueño, en el momento de ir a recoger a mi “novia” a su casa me pasó y sentí algo similar. Como mi realidad de hoy la conozco así como los resultados que ha tenido, ese regresar al pasado me brindaba la certeza de que íbamos a terminar donde estamos hoy, casados, felices, con 3 hijas, pero con un regalo de nuevos años para disfrutar otra vez el proceso que ya nos trajo hoy aquí donde ahora vivimos.

Y como caí en cuenta que la atención que hoy se comparte con mis chiquillas que son nuestros ojos, en ese sueño sólo estaría concentrada en nosotros, ello me hizo volver a sentir la efervescencia de los primeros años donde creamos el vínculo que hoy nos une.

Tanta fue la emoción que me embargó en mi sueño que al despertar amanecí con lágrimas en los ojos.

Le cuento mi sueño a mi mujer y me dice: “¿Entonces hoy me vas a llevar a cenar?”

Obvio salimos a cenar.

Y para allá voy con todo este choro mareador.

Cuando nos dan la cuenta y me traen la terminal para pagar con la tarjeta, me pregunta el mesero si quiere que el servicio lo agregue a la transacción. Le digo que si, y me pregunta que si el 10% está bien. Le digo que si también y ahí me quedé pensando.

El mesero que nos atendió fue súper amable. Nos recomendó platillos. Casi casi nomas le falto darme palmaditas en la espalda para sacarme los gases. Se esmeró en su servicio y en justa retribución y como es la costumbre, le ofrecí la gratificación de estilo. 10% del consumo. Y ahí fue donde me hizo “click” esta idea.

“Si yo me esmero al máximo en los servicios que presto en el despacho, pongo todo mi empeño para que los clientes se consideren muy bien atendidos, ¿no deberían darme una gratificación?” 

La respuesta es: ¡claro que no tarado! Precisamente por eso cobras honorarios.

Bueno bueno, pero entonces si ellos no deben darme esa gratificación, ¿no debería entonces por mis servicios darme esa gratificación yo mismo?

¡Claro! ¿Porqué no?

El mesero recibe un salario de su patrón, y una gratificación de los comensales a quienes sirve. Yo recibo un pago de honorarios de mis patrones, los clientes, pero me sirvo a mi mismo con el trabajo que hago porque me genera recursos para mi subsistencia. Por ende, ¿no debería darme una gratificación del 10% que se estila para agradecer el servicio que presto? Ser el comensal y el mesero a la vez.

No una propina en sí, una gratificación.

Una parte de mis ingresos la separo como una gratificación a mi mismo por los servicios que presto, por el empleo que ejecuto.

Si el concepto que expongo no tiene sentido porque consideras todo tu ingreso como la gratificación que recibes por tu trabajo para tu subsistencia, quizá viéndolo desde otra perspectiva pueda darte una idea de cómo si te cuadre.

Si no me doy una gratificación de una parte de mi ingreso, entonces me daré una gratificación del 10% de todo lo que gaste en mi beneficio.

Si gasto 50 pesos en un café por la mañana, me voy a dar una gratificación del 10% de ese gasto en agradecimiento por el trabajo que hice para tener esos 50 pesos para gastármelos en ese café: 50 pesos para el establecimiento, 5 pesos para mí.

Si mis gastos durante el mes fueron de cinco pesos, cincuenta pesos, quinientos pesos, cinco mil pesos, etc., me voy a agradecer el haberme ganado ese dinero gratificándome con el 10% de lo que haya gastado.

De esa manera puede suceder algo mágico.

Empezaré a ahorrar un diez por ciento de mi ingreso y en automático generaré un presupuesto que acote mis gastos al 90% por ciento de mis recursos disponibles para ser consumidos, de tal suerte que al final del mes, me habré agradecido en un 10% los servicios que haya prestado reservándome un porcentaje solo para mi.

Lo contrario sería no agradecerme en lo absoluto el producto de mi esfuerzo para obtener esos recursos mes a mes, y solo vivir para trabajar para los demás, quienes se llevan a sus bolsillos todo mi esfuerzo dejándome la cuenta en ceros.

Dicen que la mayoría de la gente es mal agradecida pero la gratitud empieza en uno.

Nadie puede dar lo que no tiene. Y de ahí se comparte.

Empezar a agradecerse a uno mismo con una parte del ingreso que con tanto esfuerzo se obtiene, sería un espaldarazo para terminar el mes con un sentido de propósito que impulse el esfuerzo del que sigue, no solamente con las satisfacciones de los bienes obtenidos o consumos satisfechos, sino ademas con pesos y centavos en la cuenta bancaria.

Lauro Sandez
Asesor Patrimonial

Autor: Lauro Sández

Asesor en finanzas personales y productos de inversión, para la acumulación y consolidación del patrimonio.

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