La solución automática para ahorrar

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La gran mayoría de las personas nos consideramos un as del volante y de los caminos. Si no me lo crees te tengo una pregunta, ¿podrías jurar que nunca en la vida has dirigido desde el asiento del copiloto a un conductor, aunque los dos conozcan el destino al que van? Alguna vez nos ha pasado a todos.

Pero esa pericia que nos preciamos de tener tiene detrás de si muchas horas de practica. Tanta ha sido la practica que nos ha desarrollado una gran habilidad al manejar que nos podemos permitir realizar otras actividades al mismo tiempo que conducimos. 

Le cambiamos a la radio, maniobramos para mantenernos en el carril para evitar impactar con los vehículos circunvecinos, medimos con el pie derecho la velocidad que inyectamos con el pedal, revisamos con la mirada periférica el no atropellar a los transeúntes, todo mientras seguimos el chisme que el copiloto nos viene actualizando y el cual hasta le respondemos y agregamos opinión a la vez que vamos frenando para no pasarnos el alto o semáforo. Es sorprendente la mente sin duda.

¿Cómo es que podemos lograr llegar a nuestro destino sanos y a salvo si al momento de conducir, nuestra atención la compartimos a la vez en otras actividades?

Lo logramos porque mucho de lo que hacemos cuando manejamos se da en automático. Simple como eso.

¿Cuántas veces hemos intentando ponernos a dieta para bajar de peso, o inscrito en un gimnasio el primero de enero deseando lucir cuerpazo en la playa en verano?

El estímulo inicial varia de persona a persona en cuanto a su poder para mantener la actividad por un tiempo mayor o menor.

Para quienes el estímulo sea más poderoso, dichas actividades (dieta o ejercicio) la podrán mantener hasta que se convierta en un hábito; por el contrario para quienes el estímulo sea menos poderoso, cesaran en dichas actividades en un periodo de tiempo menor.

A la persona que le pone azúcar hasta al Zucaritas y recién le acaban de diagnosticar diabetes tipo 2, el estímulo será cosa de vida o muerte por lo que seguramente modificará su dieta por el resto de sus días. 

Sin embargo la persona que se acaba de enganchar con alguien o bien su situación emocional fluctúa según su condición física, seguramente estará estimulada para hacer dieta o ejercicio por un tiempo determinado hasta que su atención en este renglón se disipe, sea porque le hayan dado el avión o bien porque dicha atención ahora se traslade al apoyo de actos benéficos comprando una docena de Krispy Kremes glaseadas.

Como ponerse a dieta o hacer ejercicio es algo que no se puede hacer en automático, sino que depende de un factor interno de voluntad, son actos susceptibles de modificarse de acuerdo a la situación emocional del agente activo.

Lo repito, depende de la voluntad, la cual será en mayor grado si le suman las ganas de hacerlo y continuarlo. Si no hay voluntad, y el estímulo no es recompensa suficiente, dejamos la dieta o el gym.

Pero si ponerse a dieta o hacer ejercicio fueses algo que se pudiera programar en automático, ¿qué resultados podríamos tener?

Si tuviéramos un estímulo inicial que nos dispusiera a iniciar el camino y ponernos a dieta o hacer ejercicio en su caso, y mantener esas actividades fuese en automático, ¿cuál sería el promedio de éxito?

Seguramente sería mucho mayor que los que habitualmente se consiguen si dependen de un constante ejercicio sujeto a nuestra voluntad de continuarlos.

La solución para ahorrar tiene un elemento clave que menciono en el título de éste artículo: que lo hagas de manera automática. O como cantara Miguel Mateos: “sin pensar”.

Ahorrando con un estímulo definido. 

Cuando ahorramos con un beneficio definido tenemos mayores probabilidades de tener éxito en lograr el propósito. 

Los estímulos más comunes por lo general son la obtención de bienes materiales o la mejora en la calidad de vida. 

Unas vacaciones, un coche, el enganche de un depa/casa o su renovación; para los emprendedores un estímulo lo será acumular capital para sus emprendimientos; para los padres el ahorro para la escuela de sus hijos; y un sin fin de etcéteras.

Como la meta ya está puesta en la mente, pocas cosas nos distraen del objetivo, léase: “gastos superfluos”.

Por ello cuando tenemos una meta para el ahorro éste se vuelve más sencillo de lograr.

Ahorrando sin un estímulo definido.

De entrada parece que no tiene chiste. Todo debe tener un porqué, a menos que estemos hablando de la película “Cloverfield” la cual sigo sin entender.

Las personas que ahorran sin tener un objetivo preciso son más propensas a utilizar parte de sus recursos ahorrados en… sabe… una camita para la esponja con la que lavan los platos.

Pero en cualquiera de los dos casos, cuando ademas de iniciar con un ahorro, le añadimos el ingrediente de hacerlo en automático, tal como solicitar el descuento de un porcentaje del ingreso a la caja de ahorro o el domiciliar una parte de la nómina a una cuenta de inversión en el banco que nos presta el servicio, pasa algo curioso en nuestra mente: si ya no lo veo no me duele no tenerlo y ajusto mi gasto a lo disponible.

Sencillo como eso.

No es como que dejemos de tener en mente ese recurso que en algún lado se está acumulando y el cual disfrutaremos a posteriori, solo que simplemente al no tenerlo disponible aquí en el presente, evitamos gastarlo.

Y cuando vuelve a caer otro ingreso y una parte de éste se destina a un ahorro en automático, resultaría medio raro como que nos pongamos a pedirlo de vuelta porque como ya echamos a andar ese ahorro, en ese momento resurge el motivo o porque de la decisión que tomamos con anterioridad, y ya mejor ahí lo dejamos, lo cual resulta en un gran beneficio para el propósito que nos motivó a hacerlo en primer lugar.

Simplemente nos ajustamos a lo disponible y mantenemos ese ahorro.

Claro que si se suscita una emergencia o una oportunidad, inmediatamente tomamos acción y pues ni hablar, para eso son nuestros recursos, pero en el ínter si no se dan esos casos, seguimos acumulando.

Te lo pongo al revés. Es más fácil gastar en plástico que en billetes. 

Cuando pagamos con billetes o monedas existe un doble desprendimiento de nuestros recursos que nuestros sentidos palpan: uno físico y uno mental, o bien, uno tangible y otro intangible. La pensamos dos veces en gastar cuando vemos como la cartera se va quedando con menos. 

No pasa así cuando pagamos con plástico porque aunque advertimos el desprendimiento mental/intangible, el físico/tangible como que no se siente porque fue virtual o digital. Sobre todo con las tarjetas de crédito. No es sino hasta que entramos al portal bancario a revisar el saldo, sea de la tarjeta de débito o de crédito, que caemos en cuenta.

Igual pasa con el ahorro.

Cuando decidimos ahorrar billetes o monedas, el “sacrificio” tiene un impacto que advierten más nuestros sentidos porque resulta físico y mental.

Vemos y sentimos como nos privamos de una parte de nuestra lana y las posibilidades que nos puede brindar si es que algo se nos antoja y no podemos gastarla porque la pusimos abajo del colchón.

Pero cuando decidimos ahorrar dígitos que se reflejan en una papeleta de nómina o en una pantalla de computadora, nuestra atención se centra en el saldo que al final se ve como disponible para ser consumido y al cual nos ajustamos.

Sea que tengas un estimulo de ahorro o no, cuando decidas hacerlo si además le agregas el ingrediente de hacerlo en automático, ello te podrá facilitar sobremanera el mantener ese curso para lograr los fines que te propongas.

Lauro Sández
Asesor Patrimonial

Autor: Lauro Sández

Asesor en finanzas personales y productos de inversión, para la acumulación y consolidación del patrimonio.

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